• 03-May-2017
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Crónicas de una consulta médica de un paciente mayor.

Un relato muy real del Dr. Mario Adolfo Ríos de la Provincia de Mendoza

Crónicas de una consulta médica de un paciente mayor

Yo soy una persona mayor, gracias a la vida que envejecí, y llegué hasta aquí, en este trayecto vital reconozco que no es mucho lo que pueda seguir pisando este mundo, pero sinceramente aún no quiero partir, siento que puedo seguir, mis mermadas fuerzas se han adaptado a esta realidad y alcanzo a compensar, me siento capaz de continuar, pero mi fragilidad me avisa que debo ser inteligente para persistir.

Diría que lo único que puede cambiar mis planes es que mi salud me juegue una mala pasada, que esta me desestabilice y logre alterar el delicado equilibrio al que he llegado.

Toda mi existencia puede terminar por un error, y la verdad es que me asusta más depender que morir, pero como dije antes mi muerte mejor lo más lejos posible.

Pero aún no se como resolver el problema más grande de todos, que es que aquella persona que me vaya a ayudar a cumplir mi objetivo, osea mi médico, el que me tocó, este en consonancia conmigo.

El debería ser mi aliado, mi compañero, mi amigo más importante pues en sus manos dejo mi destino, quisiera que cuando me vea me escuche, me mire a los ojos, me entienda y que la sabiduría de su ciencia haga en mi una persona plena hasta el final.

Hoy amanecí medio débil, los dolores que soportaba se hacen insoportables por momentos y un par de mareos casi me hacen caer, estoy perdiendo el apetito y eso si que me alarma, he decido ver al médico el seguro sabrá que hacer pues fue preparado para esto, estuvo años y años estudiando con sacrificio solo para saber que hacer en estos casos, estaré confiado.

Si bien no es urgente, me gustaría calmar mi ansiedad escuchando que me sucede y que debo hacer para sentirme mejor, pero mi mala suerte de viejo comienza al enterarme que recién en mucho tiempo, para mi gusto, él podrá atenderme.

Uso toda mi sapiencia para pasar bien el tiempo hasta llegar a ese esperado encuentro, me alimento liviano, no salgo mucho, procuro tomar toda mi medicación a tiempo.

Cada día que pasa es un día menos, en esta interminable espera, pero la vida me enseñó a ser paciente ya que sé que sin dinero la igualdad se distancia más de la equidad, si me comparo a otros ancianos que yo conozco.

Sé que la envidia es mala, pero me da bronca ver como algunos amigos tienen por distintos medios, como familiares, contactos o buena jubilación más rápido acceso a un doctor que los revise, pero bueno es lo que hay, es lo que construí, cosecho o me tocó y ya no puedo cambiar eso.

Los síntomas van peor, pero ya veo la luz al final del camino, ya ni los consejos de remedios caseros ni lo que me vendió el amigo farmacéutico del barrio logran calmarme pero gracias a Dios  mañana me están esperando en el consultorio, tempranito estaré allí.

Esa noche me cuesta dormir, entre mis ganas de orinar y mi ansiedad no logro conciliar el sueño, no importa, planearé una vez más como haré para llegar una hora antes, mejor gasto lo poco que tengo y me tomo un remis, no vaya a ser que llegue tarde y ya se haya ido el doctor.

Recuerdo que pena mi amigo, que fue a su consulta y el médico no había ido y le dieron turno para un mes después, pero no voy a pensar negativamente, no voy a ser mala onda como dice mi nieto.

Ahora si, bien bañado, con mi mejor ropa, perfumado con esa colonia que me regaló mi hija para mi cumpleaños llego al consultorio, quiero que el sepa que es importante y que lo respeto, saludo algunos pacientes conocidos que ya estaban esperando y me aseguro que está todo bien.

Que felicidad, si, el profesional viene en camino me dice la secretaria, que se nota que no tiene un buen comienzo de semana, capaz que tiene problemas en su casa.

Extrañamente se atenuaron mis dolores, no se porque, pero mejor no decir nada al respecto.

Ahí llega el doctor, casi corriendo, todos miramos atentos, creo que saludó, no lo escuché, le haré mención de mi hipoacusia también.

Tengo suerte en ser el segundo, el primero entró y salió en un santiamén, seguro era por una receta.

Me pregunto cómo debo entrar, sonriendo para ganar su empatía, sufriente para ganar su lástima o serio para lograr su respeto.Parece que pienso más lento de lo que actúo pues por estar atento a los obstáculos y sin darme mucha cuenta ya voy llegando a la silla frente al escritorio.

No me he sentado bien todavía, pero ya comenzó la entrevista, comienzo a comentarle sobre mis preocupaciones, pero peco de ser muy detallista subestimando el conocimiento del profesional quien me interrumpe ofendido el relato, como sabiendo de antemano como seguirán  mis palabras,  está tan concentrado en mi situación que ni me mira.

No parece ser necesario que me acueste en la camilla con esa sabana impecable y sin arrugas según el me refiere al yo preguntarle.

Tiene clarísimo el diagnóstico, ya lo sentenció, debo haber sido muy específico.

Esgrime en letra grande e inentendible una receta y me dice como tomar el medicamento, bien no le entendí pero ya voy a leer el prospecto, creo que le diré que necesito lentes nuevos, ya si le digo que escucho poco será motivo para que se enoje.

Se para atentamente antes que yo y estira su mano para despedirse con una sonrisa, ahora que espere que yo me levante, no lo voy a saludar sentado.

Terminó mi consulta, no notó que estoy triste y esas manchas en mis manos, tampoco pensó que unas palabras de aliento serían mi esperanza, pobre doctor tiene como diez pacientes después que yo, seguro tres trabajos más posterior a este, su esposa, sus hijos, sus sueños sin cumplir, sus dolores cervicales por como movía su cuello, no se lo ve feliz con su trabajo ni yo satisfecho con su atención.

Rogaré a Dios que no me agrave, poca fe le tengo al medicamento nuevo, que ni se cuanto sale y si puedo y quiero comprar.

Al final ya poco depende de mí.  

Dr. Mario A. Rios

Mat. Prov. 8219

Mendoza

 

 

 


 

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